sábado, 18 de noviembre de 2017

Relato: Mente encandenada

Hoy os dejo mi nuevo relato en aportación a la lucha contra la violencia de género:

Mente encadenada

El relato también lo podéis encontrar narrado en uno de los últimos vídeos que he grabado para mi canal de youtube. 



Mente encadenada
©Lucía González Lavado

Os podría decir mi nombre, pero no importa… desgraciadamente, mi historia es la de muchas otras chicas y empezaré por el principio. Para ello tengo que remontarme a la adolescencia, cuando era una chica inocente, soñadora y bastante ingenua, que cayó en los brazos del primer amor.
Todo fue fantástico. Nunca había sido tan feliz, nunca me había sentido tan querida, tan amada, era una sensación mágica a la que no quería renunciar.
Había estado enamorada antes, pero mi amor nunca fue correspondido. Cuando él llegó a mi vida, me sentí preciosa, atractiva… como os he dicho, nunca me sentí tan amada y viví los mejores meses de mi vida.
Pero con el tiempo, cambió y comenzó a controlarme. Le disgustaba que hablase con amigos, saliese sin él y sus quejas sobre mi ropa fueron continuas:

¡Esa falda es muy corta! No dejas de atraer a otros tíos. ¿Es eso lo que quieres? ¡A otro! ¿Acaso no me quieres?




En ese momento, sus peticiones me parecían absurdas, ¡tontas! Por supuesto que no quería a ningún otro chico, no atraer a ninguno, sólo lo quería a él y decidí contentarlo. Cedí a sus peticiones. Quería mantener nuestra perfecta relación, anhelaba felicidad, luchar por mantener ese sentimiento y lo contenté en todo cuanto quiso.
Sé lo que estáis pensando, otra historia más que acabará en golpes, pero os equivocáis. No recibí golpes, mi cuerpo siempre se mantuvo sano, pero mi mente… mi mente sufrió mucho…¡fue encadenada!
Es difícil explicar cómo me aisló. Me alejó de mis amigas, estudios, sueños, incluso de mi familia. Quería que todo mi mundo fuera él. Por supuesto, alcancé un límite. ¡Era una prisionera! No podía salir de casa sin decírselo, debía mostrarle la ropa que llevaba para que otros chicos no me mirasen y alcancé mi límite…¡lo dejé! Rompí esa relación… hice pedazos las cadenas que ya me apresaban, pero no fue el fin…a pesar de encontrarme en la veintena, seguía siendo una niña… una niña a la que le que ese hombre le dijo que si lo abandonaba, se quitaría la vida y ella sería responsable de ello.
Regresé a su lado, apresada más que nunca, con la amenaza repitiéndose en mi mente una y otra vez, una y otra vez e iniciamos una vida juntos.
Nunca me enfrenté a castigos físicos, pero si era hostigada de otra manera: con malas caras, ceños fruncidos, largos silencios, falta de consuelo ante graves problemas… y a pesar de cuánto deseaba salir, el sentirme responsable ante un posible suicidio, era superior a mí.
Los años pasaron. Me enfrenté a muchos castigos silenciosos, sin saber qué había hecho para descontentarlo. Sus palabras siempre eran las mismas cuando le preguntaba por la causa de su enfado.

¡Tú sabrás! Sabes perfectamente que has hecho.

Esas invisibles cadenas me apresaban cada vez más, cada vez más, hasta casi ni poder permitirme respirar y con el tiempo, dejé de contentarlo e ignoré sus castigos silenciosos y malas caras. Quizás, el ignorarlo, fue mi mejor arma, la que me hizo más fuerte, indiferente y me endureció hasta tal punto de enfrentarme a él. No me importaba sus gritos, ni sus maneras de castigarme, estaba harta y había empezado a luchar…¡me estaba alejando de él! Y lo notó…
No deseaba perderme, había perdido fuerza sobre mí, cada día que pasaba era más libre, volvía a retomar mi vida, mi trabajo, nuevas amistades. Ya no era una niña asustada, no aceptaba sus imposiciones, me daba igual sus castigos… tuve que verme arrastrada a la más oscura y fría tristeza para volver a ponerme en pie, para pensar en mí y romper las cadenas.
Él se dio cuenta de ello. Sus maneras ya no servían, no importaba que sus técnicas de castigo durasen días, semanas o meses…poco a poco había roto mis grilletes, mi mente era nuevamente libre y me fui. Desaparecí de su vida y aunque los siguientes meses fueron duros, sobreviví a ello y él nunca cumplió su amenaza de quitarse la vida.
Nunca sabré si podría haber llegado a más, si finalmente me hubiera levantado la mano, es posible que escapase a tiempo y que lograse escapar de esa violencia psicológica.

Si alguna vez hacéis algo de cuanto yo hice en esta historia por otra persona, creedme, no importa cuántas veces os diga que os quiere y os ama…¡eso no es amor!

Es mentira y debéis escapar antes de veros apresadas.