viernes, 8 de septiembre de 2017

Un fragmento de: Circo Misterioso, mi nueva novela infantil

Durante este verano he escrito dos novelas, una de ellas infantil, de la que os voy a hablar hoy. La he titulado Circo Misterioso y combina fantasía y aventura. Pero lo mejor es que lo comprobéis por vosotros mismos. Os dejo el primero capítulo:

1
El encuentro

19 de junio

Como todos los veranos desde que Marian recordase, su familia, compuesta por su madre, su padre, además de su hermano Abel, de nueve años, se trasladaban a Valle Verde, al norte del país. Un pequeño pueblo, rodeado de montañas ricas en vegetación, donde la brisa fresca reinaba durante todo el verano, algo que les agradaba, pues así huían del bochornoso calor de la ciudad.
Y allí estaban, aparcando frente a la pequeña cabaña de madera que sería su hogar hasta septiembre.
—Mariana —replicó su madre, provocando que la chica pusiera los ojos en blanco. Prefería que la llamasen Marian, pero pocos en su familia lo hacían—. Lleva tus cosas y las de tu hermano dentro, después podréis iros.
Tras refunfuñar, tomó su mochila y la de Abel.
—Vamos, pequeñajo, lo dejamos en la habitación y nos marchamos.
Abel siguió a su hermana y juntos corrieron al interior de la cabaña. Subieron las escaleras todo lo aprisa que pudieron, hasta llegar a la espaciosa buhardilla. Una vez allí, hicieron un descanso mientras recuperaban el aliento. El entorno devolvía a su memoria todo tipo de recuerdos de otros veranos, como la ocasión que Abel cayó por las escaleras cayendo de morros y en consecuencia tuvieron que darle tres puntos en la barbilla.
En la ciudad, cada uno contaba con su propia habitación, pero allí, debían dormir juntos. Aun así, la estancia era muy amplia, ocupando todo el diámetro de la vivienda. Y a pesar de los años, y del tiempo que debía tener la casa, aún seguía oliendo a madera.
Abel se instaló en la primera cama, dejando a su hermana la más alejada, que además contaba con un biombo de estilo japonés rodeándola, dándole así más intimidad.
Tras vaciar sus mochilas, Marian optó por ropa más cómoda, mientras Abel esperaba en la cama, jugando a un videojuego en una consola portátil.
La chica se deshizo de sus incómodos vaqueros para vestir unos cortos de color blanco y una camisa de listas blancas y rosas. Entonces tomó dos coleteros y su cabello, de un brillante castaño dorado, lo recogió en dos graciosas coletas. Muchas de sus amigas se burlaban de ella porque se hiciera un peinado que consideraban infantil para sus doce años, pero a ella le gustaba y era cómodo. Cuando volvió a la habitación, Abel ya la esperaba. Compartían gran parecido; tenían los ojos del mismo verde claro, además de unas rosadas pecas por todo el puente de la nariz. El cabello de Abel era más oscuro que el de Marian y caía en melena por delante de su frente y de forma redondeada hasta la nuca.
Ya preparados, bajaron. En el exterior sus padres seguían descargando y alrededor de ellos trotaba, Dori, su perrita, una preciosa Golden de pelo dorado que había dormido todo el viaje.
—¡Nos vamos! —gritó Marian—. Nos llevamos a Dori con nosotros.
Y una vez Dori escuchó su nombre, fue con ellos. Dieron la vuelta a la vivienda, hacia un pequeño cobertizo donde tenían guardadas las bicicletas y tras montar en ellas, pedalearon en dirección al pueblo.
—¿Estás segura de que han llegado? —preguntó Abel jadeante, mucho más atrasado que Marian e intentando con todas sus fuerzas alcanzarla.
Su hermana, al ver el esfuerzo que hacía, aminoró la velocidad para adaptarse a su ritmo.
—Sí, ayer. Los mellizos me escribieron al móvil diciéndome que ya estaban instalados.
—Me gustaría tener un teléfono como lo tienes tú, podría hablar con mis amigos y jugar a videojuegos —refunfuñó, poniéndose de morros.
—Pues no lo harás hasta que cumplas doce, es la norma, papá y mamá así lo quieren. Yo he esperado a este año a tenerlo y tú tendrás que hacer lo mismo.
Abel soltó una palabrota que nunca decía delante de sus padres y Marian lo ignoró. Al fin y al cabo, su hermano también la cubría cuando hacía o decía cosas que sus padres no aprobaban.
Cruzar el pueblo no les llevó mucho. Era pequeño, con apenas un par de calles, algunas tiendas y una gran plaza donde los vecinos se reunían por las noches en la cafetería a escuchar música, beber algo o simplemente hablar.
Su destino estaba más al norte, tras subir una curvada carretera que les llegaba a una de las zonas más altas del pueblo.
En un principio, los hermanos siguieron pedaleando, haciendo verdaderos esfuerzos por seguir en las bicis, hasta que se rindieron, bajaron de ellas y caminaron mientras recuperaban el aliento.
—¿Iremos hoy, Marian? ¿Los visitaremos hoy? —preguntó Abel, ansioso, con la cara roja debido al esfuerzo.
—Sabes que hasta el solsticio no lo abren y, ¿cuándo es el solsticio de verano? —preguntó en tono sabiondo.
—El veintiuno de junio —refunfuñó—. Pero puede que ya estén montando y podríamos ver las salamandras, los duendes o la extraña criatura salir del árbol y volver dentro. ¡Quiero ver la magia, quiero vivir con ellos!
A Marian le hizo gracia el entusiasmo de su hermano y también su inocencia. Valle Verde era conocido por el circo que pasaba todo el verano allí instalado. Verdaderos artistas que te hacían pensar que las hadas existían, también las dríades e incluso las salamandras.
A pesar de los años que habían pasado y de las visitas realizadas al circo, Marian aún se preguntaba cómo hacían esos trucos tan espectaculares y cómo manejaban a las pequeñas hadas… ¡parecían tan reales! Aunque seguro que se ayudaban de la última tecnología para hacerlo; puede que fuesen pequeños robots pilotados por alguien que permanecía escondido.
En muchas ocasiones había preguntado a Dreis, la dueña del circo y orgullosa bruja, la naturaleza de sus trucos, pero la mujer no desvelaba nada.
—¡Eh! —gritó un chico.
Cuando Marian y Abel miraron al frente, allí estaban los mellizos con su hermano pequeño, bajando a toda prisa en sus bicis.
Y al fin, tras meses de conversaciones mediante correo electrónico y algunas charlas por teléfono, volvían a encontrarse.
Lo primero que hicieron, fue abrazarse. Los mellizos tenían trece años y eran chico y chica. Edgar presumía de ser el mayor, al haber nacido cinco minutos antes que su hermana. Era divertido, alegre, bromista y hacía honor a su nombre, puesto por el escritor Edgar Alan Poe, ya que era un apasionado de la lectura de terror y los libros de fantasía. En cambio, Elisa, era todo lo contrario a él. Puede que compartieran parecido; tenían el mismo cabello rubio oscuro y rizado. Elisa lo llevaba recogido en una coleta, mientras que a Edgar se le enmarañaban en su cabeza. También poseían los mismos ojos grises e incluso una pequeña marca de nacimiento de color rosado por encima de la ceja derecha, pero en carácter, eran como el día y la noche. Salvo su pasión por la lectura, poco tenían en común, pues Elisa era tímida, callada y adoraba pasar largos periodos de tiempo en casa, mientras que Edgar, al igual que Marian, eran grandes aventureros que deseaban adentrarse en los muchos bosques que rodeaban Valle Verde y vivir aventuras.
Y por último estaba Leo, el pequeño de ocho años y mejor amigo de Abel. Había heredado el tono rubio oscuro de sus hermanos mayores, también su rebeldía, pues no dejaba de formárseles hondas por todo él, pero Leo tenía los ojos marrones, era pecoso y un revoltijo imposible de detener.
—¿Adivina? —preguntó Edgar, sin permitir a sus amigos responder—. Ya han llegado, este año se han adelantado y han comenzado a instalarse.
—¡Hay más criaturas! —prosiguió Elisa con efusividad, provocando que su coleta se moviera de un lado para otro—. Este verano nos va a sorprender con todo tipo de cuentos, actividades nocturnas…
—Y fuego —interrumpió Leo—. Vi dos hadas encima de un lagarto lleno de llamas que movían llamas de una mano a otra.
Marian miró a Elisa, que asintió.
—Es una pasada. No me imagino que tendrán preparado, pero lo que vimos, ¡fue increíble!
Mientras los amigos hablaban, Dori se había acercado a un arbusto guiado por cierto ajetreo. Tras él encontró una criatura pequeña, de orejas picudas y gran nariz. Parecía un duende, aunque con muy mal carácter, pues al abrir la boca mostró unos afilados dientes y cuando el animal quiso acercarse más, le dio un zarpazo.
Dori soltó un lastimero gemido y tanto Marian como Edgar fueron hacia ella, viendo una pequeña herida en su hocico.
—Seguro que has asustado a una ardilla—le reprochó Marian, mientras vertía agua sobre su nariz—. No puedes ser tan curiosa o no dejaran de pasarte estas cosas. Anda vamos, visitemos a nuestros amigos del circo.

La perrita agitó la cola divertida y los cinco se pusieron en marcha, sin ser conocedores de la criatura extraña que había atacado a Dori y la presencia de otros seres.