martes, 6 de diciembre de 2016

Sigue a las estrellas, cuento Navideño

Hace unos años que escribí este cuento para estas fechas y no he visto mejor momento para recuperarlo en el blog y dejar que lo leáis. Espero que disfrutéis la lectura:

Sigue a las estrellas
Lucía González Lavado

24 de diciembre.13:00 horas. Madrid
Me gusta la nieve y mucho; es agradable, me relaja y te diviertes con ella cuando estás en compañía de amigos y familiares. También me gustan los días nublados; lo sé, es raro, soy una chica rara, pero hay algo especial en esos días. Adoro la comodidad de sentirme en casa cuando el día no es del todo agradable, escuchar el ulular del viento y ambas sensaciones se hacen mucho más redondas si estoy leyendo o escribiendo algún artículo.
Pero a pesar de cuánto me gusta el tiempo inestable, hoy no lo soporto. Acabo de salir malhumorada del aeropuerto. Mi vuelo ha sido cancelado debido a la borrasca —algo comprensible— y no se sabe cuándo se reanudarán los vuelos. Algo también comprensible, por lo que tengo que buscar otra opción para llegar a Francia: ¡Mi grupo de estudios lleva días esperándome!
Hace unas semanas mi grupo de estudios —formado por cinco chicas y cuatro chicos— nos pusimos de acuerdo para pasar unos días en Francia. Quizás no elegimos las mejores fechas, pero unos deseaban aprovechar el viaje para visitar algunas ciudades y para otros, como era mi caso, eran las únicas fechas en la que podíamos permitirnos viajar debido a nuestras ocupaciones.
No era un viaje de placer, íbamos a emplear mucho tiempo en preparar un importante trabajo para la facultad, aunque también queríamos divertirnos.
Por motivos de trabajo he sido la más rezagada; tengo 19 años, soy emeritense pero estudio periodismo en Madrid. Hace poco conseguí un puesto de trabajo como becaria en un periódico. Es una gran oportunidad: este empleo me abrirá muchas puertas, pero soy una novata y eso significa hacer muchas horas extras.
Al menos las vacaciones de Navidad ya han llegado. Madrid está preciosa con la llegada de las fiestas; la iluminación es increíble, las calles están más bellas que nunca y es agradable ver a la gente de un lado para otro. El día de hoy es como una de esas estampas típicas navideñas; la nieve cae sobre la gente y algunos corren a refugiarse mientras que otros se lo pasan realmente bien jugando con ella o simplemente sintiéndola caer.
Finalmente mi taxi se detiene en la estación de Atocha; pago rápidamente el importe de la carrera, y entro apurada en la estación. Está más poblada de lo habitual, aunque es normal. Estamos en plenas Navidades, época de reencuentros.
Ver tanta multitud no me asusta; he comprado un billete por Internet y sólo tengo que recogerlo. Minutos más tarde, cuando he superado la cola de seguridad, encuentro un asiento libre. Mi tren no sale hasta las cuatro de la tarde; aún tengo tiempo por delante y saco mi ordenador portátil de mi mochila. Para mi buena fortuna, por el momento, tengo conexión a la red. Tengo pendiente un encuentro por el chat; pensaba conectarme cuando estuviera en Francia pero no veo el momento para hablar con mis hermanos. Una vez abro el programa del chat, en efecto veo que la cuenta que utilizan mis padres para que hable con los mellizos está conectada. Le envió un breve mensaje: quiero hablar con Laura y Sergio. Al instante la pantalla se abre y los veo proyectados gracias a la cámara del ordenador.
—¡Adri! —exclaman los dos. Tienen siete años y se parecen muchísimo. Algo normal en los mellizos. Ambos tienen el cabello castaño; Laura lo lleva a media melena y Sergio con un tupido flequillo que le cubre la frente. Tienen unos ojos enormes, marrones y los dos me brindan una de sus mejores sonrisas, donde dejan ver el hueco en su dentadura, ya que uno de los dientes se les ha caído hace muy poco.
—¿Cómo estáis? —les pregunto, o más bien casi les grito, ya que el bullicio de la estación apaga mi voz—. ¿Qué tal las vacaciones? ¿Cómo os estáis portando?
—Bien —contesta Laura—. Nos estamos preparando para la actuación del colegio.
—¡Yo soy un duende! —exclama Sergio. Le veo ponerse en pie, alejarse y señalarse unas graciosas orejas puntiagudas que lleva—. Y tengo poderes; puedo parar a la gente.
—Eso es genial.
—¿Cuándo vendrás? —Se interesa Laura con cierta tristeza en su voz—. Te echamos de menos.
Yo también les echo de menos. Desde mi traslado no he tenido muchas oportunidades de ir a casa y, salvo por el chat, no los veo mucho.
—Iré pronto, ¡estamos en vacaciones de Navidad! —intento sonar alegre—. Lo pasaremos bien.
Entonces dos personas se cuelan en nuestra conversación: son mis padres.
—Cariño, ¿dónde estás? —se interesa mi madre.
—En Atocha, mi vuelo se ha cancelado. Voy a coger un tren hasta Barcelona y allí haré trasbordo.
—De acuerdo. Llámanos en cuanto llegues. Ahora tengo que llevarme a tu hermana; le ha tocado vestirse de hada y ponerle las alas me lleva bastante tiempo —explica mi padre.
—¡Tengo el poder de hacer vivir sueños a la gente! —Grita Laura a la vez que mi padre le ayuda a bajar de la silla—. Y hasta volaré.
—Sólo vuelas porque te han atado a una cuerda —replica Sergio.
—¡Pero volaré! —se defiende Laura y sonrío. Echo de menos esas pequeñas discusiones tan familiares.
Ahora sólo Sergio queda frente a la pantalla; veo a mi madre detrás de él, recogiendo algunos juguetes y poniendo orden al salón. Centro toda mi atención en mi hermano.
—Poder paralizar a la gente no está nada mal; suena tan divertido como volar. Además, los duendes tienen más poderes, creo que he leído que se pueden hacer invisibles.
Sonríe. Le conozco muy bien. Sé que algo le molesta o quizás sólo esté triste.
—Adriana, ¿cuándo vendrás?
—Antes de año nuevo y estaré con todos vosotros hasta después de Reyes. Te llevaré algo que compensará mi ausencia.
—No te vemos desde las vacaciones de verano. ¡Yo sólo quiero que estés aquí! —me grita.
De fondo escucho a mi madre llamando a Sergio. Él me mira; no sé qué decir… llevo semanas planificando este viaje. Finalmente Sergio se cansa y desconecta el ordenador. Mal humorada suelto un gruñido.
—Una mala tarde, ¿me equivoco?
Tales palabras me alarman y doy un brinco en mi asiento. Al mirar a mi derecha veo a un anciano que antes no estaba ahí. Aunque me ha hablado, está sumergido en la lectura de un libro. Pero por un momento vuelve a dirigirme la mirada. Tiene unos grandes ojos marrones; una barba oscura y espesa oculta su mentón. Entonces me dedica una sonrisa.
—Disculpa, no quería entrometerme en tu discusión.
—¡No importa! —le respondo—. Sólo ha sido un mal día…, todo pasará.
—Son unas fechas complicadas, Adriana, y muchos llegamos a olvidar lo que un día significaron para nosotros.
Sonrió a sus palabras pero no digo nada más. Me ha llamado con una familiaridad que me ha puesto los pelos de punta, como si ese anciano me conociera de antes. De nuevo le sonrió y desvío mi atención al libro que descansa sobre su regazo. Una de sus ilustraciones me desvelan el título que está leyendo: Cuento de Navidad, de Charles Dickens.

En la imagen veo al huraño Scrooge. En ese momento recibe la primera visita, la de su antiguo socio advirtiéndole que esa noche le espera la visita de tres fantasmas: pasado, presente y futuro.
Cuento de Navidad es un clásico que nunca ha faltado en mi casa. Lo leí cuando niña y he visto muchas de las adaptaciones que se han realizado, desde las clásicas, hasta versiones más modernas.
Recuerdo que todos los años, por estas fechas, siempre emitían en televisión una adaptación interpretada por uno de los famosos actores de cazafantasmas. Era un clásico en Navidad, un momento que siempre compartía con mi familia.
Tales recuerdos me provocan morriña y lanzo un amargo suspiro.
—Hmm…, creo que este año empezaré a trabajar antes —prosigue el anciano. Ignoro si habla conmigo o consigo mismo—. Y empezaré contigo, Adriana.
De nuevo desvío la mirada hacia él. ¿De qué esta hablando?
—No me mires de esa manera. No soy un loco chiflado, ni mucho menos un viejo peligroso. ¿Me has visto bien? —al preguntarme esto le miro de arriba abajo. Es demasiado delgaducho para considerarlo una amenaza, aunque nunca se sabe…—. Al igual que Scrooge recibió la visita de tres fantasmas, muchas personas deberían vivir algo parecido que les hiciera abrir los ojos de verdad y ver que hay momentos para compartir con seres queridos y no yendo de compras o estando de fiesta. Y este año Adriana, tú inicias el ciclo de mis visitas.
No sé de qué habla el anciano, pero me está asustando y me pongo en pie. Estoy segura de que por muy concurrida que esté la estación acabaré encontrando un lugar donde sentarme. Sin embargo, cuando por educación pienso despedirme del desconocido, algo en su mirada me hipnotiza. Sus ojos, marrones hasta hace un instante, se han teñido de un precioso dorado. Sigo su mirada, hacia el libro. Las manos del anciano se mueven con rapidez hasta una escena en particular: Scrooge, temeroso espera la primera visita del fantasma. La  escena plasma cada detalle e incluso percibo los sentimientos de los personajes y de pronto, los colores cobran vida, simulando un gran arco iris que surgen del libro y me rodean cual lazos. Aterrada camino hacia atrás, agitando mis manos e intentando espantar esa cosa. Sin embargo, no consigo nada y al cabo de unos segundos, el fenómeno desaparece. No deja ni rastro; ni siquiera veo al anciano y todo a mí alrededor ha cambiado: la gente está parada. Es como si el tiempo se hubiera detenido.
Asustada camino un poco más e incluso le hablo a una muchacha que sujeta un trasportín con un gatito en su interior, pero nada: ¡está petrificada!, como los demás.
Angustiada comienzo a moverme entre la gente e incluso salgo al exterior. Resulta espeluznante ver a las personas detenidas; el silencio es mi única compañía aunque pronto unas chillonas voces me alarman. Me guío por ellas; voy deslizándome entre las personas, queriendo encontrar a los únicos que por el momento parece no han sido paralizados, pero algo más llama mi atención y de la impresión suelto un grito. Una niña sobrevuela a las personas inmóviles; tiene unas preciosas alas de hada, trasparentes, que emiten destellos azules y verdosos. Viste unos graciosos pantalones celestes, con camisa a juego, decorados con brillantes estrellas.
La niña no deja de gritar. Afino el oído. ¡Me está llamando a mí!
—¡Adri! —grita. No lo puedo creer…, es Laura—. Te estábamos buscando. Duende, muévete, tenemos que darnos prisa.
Al desviar la mirada hacia donde mira Laura veo a Sergio. Va vestido igual que su hermana, salvo que él no llevas alas, sino dos graciosas orejas puntiagudas.
—Prisa, ¿para qué? —les pregunto—. ¿Qué hacéis? ¿Qué está pasando? —les grito, aunque no me responden—. Sergio, Laura, es de mala educación no responder.
—No somos Sergio ni Laura —me responde quien yo suponía mi hermano—. Somos Hada y Duende y estamos aquí para empezar un viaje. Te haremos ver cuánto has perdido durante estos años, para que vuelvas a ser la persona de antes.
—¡Rápido, Duende! —Grita Hada—. ¡Se nos acaba el tiempo!
 Al percibir sorpresa en los ojos de la criatura alada miro atrás. Una luz amarilla, como si de un gran torbellino se tratara, comienza a absorber el entorno. Empieza por la estación, el mobiliario, incluso las personas. Todo queda reducido a un espacio en blanco.
Las manos de Hada y Duende se cierran sobre las mías y corro. No quiero mirar atrás; siento que un poder mágico me absorbe y tira de mí. Hada se adelanta a nosotros; mueve sus pequeñas manos con rapidez provocando destellos en el aire que tras unos segundos forman una estela aún mayor que impacta contra una pared. El fulgor nos ciega un instante pero cuando podemos abrir los ojos vemos una abertura rectangular limitada por un marco dorado y brillante.
—¡Saltad! —grita Hada a la vez que ella lo hace.
 Yo le sigo; me lanzo a ese rectángulo mágico y al hacerlo, ya no siento la presión de la fuerza sobrenatural que parecía querer absorberme. Todo ha acabado. Al ponerme en pie y girarme veo un cuadro rectangular en un espacio blanco. En él está plasmada la escena de la que he huido hace un instante: una estación atiborrada de gente esperando sus respectivos trenes.
Bajo el marco figura un cartel que dice: “Presente”.
De nuevo unas chillonas voces me devuelven a la realidad. Hada y Duende están conmigo.
—Somos tus guías —me explica Duende—, y tenemos que guiarte en este viaje tan especial.
 Entonces veo que en ese espacio hay tres puertas. Las criaturas toman cada uno de ellos una de mis manos y me guían hasta la primera puerta. Es azul y el pomo tiene la forma de una  pequeña pelota de baloncesto. Cuando cierro mi mano sobre ella y la abro, el entorno vuelve a cambiar. Ya no nos encontramos en una sala vacía, sino en el salón de mi casa. Hada, Duende y yo contemplamos a una niña rubia que ayuda a su padre a poner la mesa. No tendrá más de seis años y los adornos de la vivienda, como un portal viviente, me desvelan que estamos en Navidad. Entonces se escucha una voz femenina y aparece una mujer que carga una gran bolsa de viaje. La niña corre a sus brazos; es su madre y viaja bastante ya que es jugadora profesional de baloncesto. Es de las mejores, la pequeña la admira. Le gusta ver a su madre en televisión, le gusta estar en su compañía y lo que hace especiales esas fiestas, tanto para ella como para su padre, es que durante semanas su madre no se va a mover de casa. No va a viajar a ninguna parte y los únicos partidos de baloncesto que va a jugar serán con su hija.
La mujer saca una pequeña pelota de basket de la bolsa y se la entrega a la niña. Nunca un regalo le había hecho tanta ilusión; ahora tiene en sus manos algo que tantas veces ha visto en las de su madre, ahora puede ser como ella, jugar como ella y saltar hacia la canasta como tantas veces le había visto hacer.
—Soy yo —digo—. Siempre fui diferente a mis compañeros de clase. Ellos deseaban las vacaciones de Navidad porque podían levantarse tarde y en cambio yo las deseaba porque todos pasábamos más tiempo juntos y…
—Por las mañanas ibas con tus padres a la cancha de baloncesto —sigue Duende.
No digo nada. Sólo observo. Dejo que recuerdos ya olvidados hagan aflorar en mí sentimientos de cariño. Sin embargo no contemplo mucho más. Aunque me gustaría recrearme en recordar ese momento, mis guías tienen otros planes para mí. La escena queda plasmada ante nosotros como una fotografía vieja, la cual va arrugándose por sus extremos, encogiéndose por segundos.
En esta ocasión es Duende quien se nos adelanta; va muy rápido, en realidad se aparece en distintos lugares. En un momento está junto a la mesa para al cabo de unos segundos aparecer junto a la ventana. Es allí donde agita sus manos con fuerza creando una estela rojiza que al instante adquiere la forma de otro rectángulo, en esta ocasión rodeado por un marco rojo. De nuevo los tres nos lanzamos a su interior y aparecemos en el cuarto blanco. Al ponerme en pie y girarme encuentro la imagen de hace un instante enmarcada. Bajo ella figura: “Pasado”.
—¡Tenemos que seguir! —Gritan los dos—. ¡Aprisa, aprisa, el tiempo corre!
Hada y Duende, los cuales me recuerdan cada vez más a dos estrellas andantes, se dirigen a la segunda puerta. Es igual que la anterior, pero con el pomo en forma de estrella. Al girarlo, el escenario vuelve a cambiar. Como si del clásico Cuento de Navidad se tratara, intuyo que voy a revivir otro recuerdo importante para mí y así es. Me veo con mi padre y mi madre; no estamos en casa, sino paseando por el centro, y además no vamos solos. Los mellizos acaban de nacer y ambos van bien tapados con graciosas mantas celestes con estrellas bordadas; mi padre lleva un cochecito y mi madre el otro. Yo voy en medio, contenta de que estemos todos juntos, contenta de ver a mis hermanos y feliz porque a partir de ahora la vida va a cambiar para todos.
Al nacer mis hermanos, mi madre llevaba retirada más de un año. La vida de una jugadora profesional  no es muy larga, y tras su despedida, la cual fue muy emotiva, se trasladó a Mérida y se dedicó a entrenar al equipo de baloncesto local. Ya no hubo más cumpleaños a solas, más festejos solos, ni tampoco noches en soledad.
Este recuerdo ha sido más efímero que el anterior; ni siquiera un fenómeno extraño me ha sacudido para devolverme a la realidad, sino que Hada y Duende han lanzado un polvo –que supongo mágico– por encima de nosotros y al momento hemos aparecido en el espacio en blanco.
Pienso que ya he acabado mi extraño viaje, pero me he equivocado. De nuevo toman mis manos y me dirigen a la última puerta. Igual que las anteriores, pero con el pomo en forma de lazo rojo, como los que se usan para envolver los regalos.
Al abrir la puerta me encuentro en mi propia habitación, en mi casa y al momento comprendo que estoy viviendo el presente. Sergio y Laura están en mi habitación, aún disfrazados para la función. Los mellizos tienen abierto mi armario y yo de antemano sé lo que buscan: ¡los regalos!
Hace semanas les compré un pequeño detalle que envíe a mis padres para que lo guardasen y se lo entregasen de mi parte en Nochebuena. Y en este momento ambos están encontrando los regalos, envueltos en un gracioso papel azul lleno de estrellas, y cada uno con el nombre de su destinatario en una etiqueta con motivos navideños.
El de Laura es una pequeña pelota de basket, tal como me regaló mi madre hace años, y el de mi hermano una colección de libros de sigue la aventura. Le encantan ese tipo de libros donde, entre varias opciones, puede elegir qué debe hacer el protagonista.
El recuerdo comienza a desvanecerse cuando los mellizos, con los paquetitos en las manos, se miran entre sí y empiezan de repente a llorar, llamando la atención de mis padres, quienes acuden a toda prisa y cariñosa pero firmemente se los quitan antes de que puedan abrirlos. Súbitamente se forma en la estancia una ventisca haciendo que los objetos vuelen a gran velocidad, y me cubro para protegerme de los posibles impactos. Nada me golpea; el fenómeno cesa y de nuevo vuelvo a encontrarme en la habitación en blanco.
He saltado del presente a dos recuerdos del pasado, para finalmente acabar otra vez en el momento actual.
Pensativa, no digo ni palabra. Escucho a Hada y Duende replicar, pero no les hago caso. Los recuerdos me han sacudido. Ahora soy yo la que está casi siempre fuera de casa y mis hermanos quienes desean que llegue Navidad para estar quince días conmigo. No les importan los regalos, sólo quieren disfrutar de mi compañía, levantarnos temprano, desayunar juntos e incluso ver durante un rato los dibujos animados, para después, como yo hacía con mis padres, ir a jugar a la cancha de baloncesto.
Levanto la vista con tristeza, y veo a Hada y Duende que me miran fijamente. No dicen nada; por un momento, no veo a las dos criaturas mágicas que me han acompañado en el viaje sino a mis hermanos, llorosos por mi ausencia a pesar de los regalitos.
 Se produce un destello que me obliga a cerrar los ojos. Cuando los abro siento húmedas mis mejillas, por las que resbalan lágrimas. He vuelto definitivamente a la realidad.
La gente vuelve a caminar a mi alrededor, presurosos, sin tener en cuenta a los demás. Al mirar a la derecha no encuentro al anciano, pero si el libro, y sobre éste una nota que dice así:

Para ti Adriana, espero haber recuperado una parte de tu tiempo.


Feliz, estrecho el ejemplar contra mi pecho para después mirar confusa la hora en mi móvil. En diez minutos sale mi tren, pero además hay otra cosa: tengo un mensaje. Éste lleva adjunto una foto y cuando la veo, una carcajada brota de mis labios. Son Laura y Sergio disfrazados de hada y duende, tal como acabo de verlos. Presurosa corro a información.
—Voy a hacer un cambio en mi viaje, quiero ir a Mérida…, no me importa si pierdo lo que he pagado por este billete, necesito ir a mi ciudad.
Durante la siguiente media hora todo han sido nervios. El tren hacia Mérida va lleno, pero por suerte varios pasajeros no han facturado y consigo un billete.
El viaje se me hace más largo de lo habitual. Voy hacia mi casa, pero lo que me ha impulsado a ello me parece irreal, pero real a la misma vez. No sé qué habrá sido… ¿sugestión por recordar la historia de Cuento de Navidad? Supongo que sí, pero lo importante es que me ha hecho recordar.
Cuando llego a mi ciudad son más de las nueve de la noche y llamo a un taxi. Poco después ya veo mi casa; las luces están encendidas y está decorada con adornos navideños. A los mellizos les encanta que se decore la casa como en las películas que ven.
Nerviosa entro en casa y grito “Buenas noches a todos” arrancando exclamaciones de sorpresa a Laura y Sergio. Los mellizos —aún disfrazados— corren hacia mí y los estrecho en mis brazos. Durante un instante miro a mis padres, que contentos sonríen.
Más tarde, ya calmados, les pongo al día sobre mi experiencia en la Universidad, los estudios y lo agradable que es trabajar en un periódico. Mis padres se preocupan por mi viaje a Francia, pero les aseguro que iré pronto con otro grupo de estudios que, al igual que yo, cambiaron de planes.
Pasamos un rato agradable e incluso mis padres me preguntan por los motivos que me llevaron a cambiar de idea a última hora… hablarles de mi extraña aventura no me parece oportuno, aún estoy pensando en ello y creo, bueno, una parte de mí cree que no ha sido sólo un sueño.
Supongo que será una experiencia que nunca podré explicar, una experiencia que ha revivido una parte de mí que llevaba enterrada mucho tiempo debido a todas las obligaciones que ahora ocupan mi vida.
Más tarde me dirijo a mi habitación. Llevo conmigo el equipaje, que dejo caer al suelo. Entonces, de mi mochila resbala el libro Cuento de Navidad. Al agacharme un soplo de viento —que no sé de donde surge— agita las hojas para detenerse al comienzo. Entonces leo un nombre: Christmas.
Deslizo mis dedos por encima de la firma. De nuevo un gélido aire se levanta, agita las hojas, y cuando vuelvo al comienzo ya no hay firma.
Feliz guardo el ejemplar como mi más preciado tesoro. La experiencia me ha hecho cambiar y no lo quiero olvidar nunca; no quiero olvidar que una vez, para mí, pasar tiempo con mi familia fue más importante que viajes o estudios.


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