martes, 27 de diciembre de 2016

Relato Susurros de Adviento II, segunda parte

Os dejo la segunda parte del relato. Espero que disfruteis la lectura:



2
Viaje a otras tierras

Tierras de Yerazig. Isleen.

El mal humor de Travis era evidente a ojos de todos, mucho más para Aidíth y Hunter, que pendientes de él, permanecían alejados, observando como impartía clases de lucha a unos adolescentes.
El día había amanecido como uno más en la academia. Brianne se dedicaba a las clases de arco, a Declan le había tocado el entrenamiento de los Sangre Espectral, tarea que se repartía con su hermano, mientras que Hunter se encargaba de los cazadores y Aidíth de los escuderos. Aun así, los entrenamientos de la pareja no eran muy lejanos de los de Travis y tras dar un descanso a sus alumnos, el matrimonio se acercó.
—¿Sabes qué es lo que le pasa? —se interesó Aidíth.
Hunter lanzó un largo vistazo a su mujer. Estaba realmente bella con la ropa típica de entrenamiento de los escuderos: pantalones azul oscuro y camisa del mismo color, donde destacaba la cabeza de un lobo en blanco.
Su cabello, anaranjado con destellos dorado y corto que descansaba por encima de los hombros, resaltaba mucho más con aquellos ropajes, dando más luminosidad a su bello y armonioso rostro, dominados por unos grandes ojos color avellana.
La vestimenta de Hunter no era muy diferente; pantalones y camisa del mismo color, al fin y al cabo escuderos y cazadores trabajaban codo con codo, pero los uniformes de los cazadores se diferenciaba en la cabeza de lobo del pecho, pues era en color gris con los ojos en azul claro.
—Esta madrugada nos despertó un escándalo en el campamento de las chicas —comenzó Hunter a hablar. Hacía tiempo que tanto él como Travis, Declan, Aedan y Jens se turnaban para que los chicos y chicas por las noches no se desmadrasen—. Jay se había colado en el campamento.
—¿En serio? —preguntó Aidíth—. ¿Un mocoso burló vuestra guardia? ¿Me lo estás diciendo en serio?
—Ya, ya, no me eches la bronca, ya he escuchado a Declan esta mañana y recuerdo que parte es culpa tuya, por ir a buscarme.
Aidíth sonrío ganándose un gesto de cariño de Hunter, que alborotó su cabello mientras rememoraba la noche que habían pasado juntos.
—Vale, tienes una excusa, estabas conmigo, pero qué me dices de Travis, ¿qué hacía?
—Al parecer se pasó con el vino y se quedó dormido. En fin, la culpa ha sido de los dos. Yo no debería haberme escabullido, y él no debería haber bebido, pero cada vez que nos toca a hacer los turnos, créeme, se nos hacen eternos.
Aidíth no dijo nada; era conocedora de la difícil relación que había entre ellos y aunque había mejorado con los años, nunca podrían ser buenos amigos.
—El caso es que Jay se había metido en la cabaña equivocada y en consecuencia en la cama equivocada y te imaginas el resto. No fue su chica a la que tocó y se armó un gran jaleo, las dos se enzarzaron, Jay no acabó muy bien y de ahí el cabreo de Travis. Si fuera cualquier alumno le daría igual, pero no su hermano. Ya sabes lo súper protector que se ha vuelto con él.
—Entiendo que esté enfadado, pero los alumnos no deben pagarlo. Voy a encargarme de los chicos, sigue con mi clase.
Hunter asintió, pero antes de dejarla marchar la rodeó por la cintura, la atrajo hacia él, tomó su mentón entre sus dedos y la besó. Al separarse se ganó una sonrisa de Aidíth, que durante unos segundos lo rodeó por los hombros y enredó sus dedos en algunos de sus cabellos rubios. Caía en hondas, de manera informal, a la altura de su nuca, partido en dos cayendo a ambos lados de la frente, quedándola despejada, perfilando su rostro donde destacaban sus claros ojos azules.
Finalmente se separaron y Aidíth se encargó de Travis; al parecer no se tomó nada mal el dejar la clase a cargo de la joven y se marchó en dirección a la ciudad.
El resto del día trascurrió con normalidad, sin incidente alguno, e incluso la cena en el comedor fue normal. Para entonces Aidíth observó que Jay ya había hecho las paces con su chica y a los dos se les veía muy acaramelados.
Esa noche era el turno de Jens y Aedan en hacer la guardia, por lo que en el comedor permanecieron Declan, Hunter, Brianne y Aidíth, que ayudaban a los encargados de la cocina a recoger los utensilios, cuando un guardia de Sadira irrumpió en las estancias. Traía un mensaje de Leah, donde explicaba haber recibido un manuscrito mágico que adjuntaba con la nota.
Tras leer las indicaciones de la reina, todos tocaron el emblema en forma de gato que adjuntaba el mensaje de La Creadora y lo vivido en una tradición llamada Navidad de otro lugar volvieron a sus recuerdos. Revivieron el encuentro con otros guerreros como ellos y el buen trato que recibieron.
—¿Iremos? —preguntó Brianne mirando a su hermano.
—Bueno, nos  dieron cobijo, alimento y pudimos descansar. Veo buena idea regresar y dar las gracias.
—No podemos ausentarnos todos —murmuró Declan—. Pero coincido con Hunter, deberíamos ir y dar las gracias. Leah y Ryder nos dicen que no pueden ir, dejan la decisión en nosotros.
—No quiero estar mucho tiempo alejada de Dion —añadió Brianne—. Está mucho mejor, hay noches en las que no tiene pesadillas y llevarlo a un lugar tan extraño no me parece buena idea. Es mejor que me quede con él.
—Es cierto —murmuró Declan—. Está mejorando, id vosotros y podíais llevaros a Travis, quizás le venga bien.
A Hunter y a Aidíth les pareció bien. Se fueron a sus respectivos dormitorios y con la luz del amanecer llegó un día más. Al día siguiente deberían partir al encuentro con los otros guerreros en el lugar llamado la Tierra, pero por el momento seguían con su vida normal. Las clases siguieron su curso, salvo por la ausencia de Travis; algo que molestó a Declan y expresó su mal humor. Fue Aidíth quien decidió ir a buscarlo; en circunstancias como esas siempre eran Brianne o la escudera las que lograban lidiar con Hunter, Declan y Travis para que no acabasen enzarzados.
A Aidíth no le costó encontrarlo en el burdel de la ciudad más cercana. La madame del lugar ya la conocía, al fin y al cabo no era la primera ocasión que iba. Tras indicarle donde estaba Travis, entró en la habitación. Encontró al apuesto hombre desnudo, cubierto con una sábana hasta la cintura; sus largos cabellos castaños, llenos de ondas, donde destacaba una trenza, descansaban sobre sus hombros y parte de su pecho. Su rostro mostraba serenidad y dormía junto a dos espectaculares mujeres, una de largos cabellos oscuros y otra con una corta melena casi albina.
Aidíth se dirigió a la silla y tras tomar las prendas de Travis se la lanzó, logrando despertarlo.
—Levanta, tenemos que tomar una decisión sobre un asunto.
—De eso nada, cervatillo, vete por dónde has venido. He pagado la estancia por dos noches más y créeme, pienso aprovecharla.
—¡Largaos! —ordenó a las mujeres. Estas obedecieron, no sin antes brindar con besos y palabras aduladoras al hombre—. No pienso moverme de aquí, Travis, y no va a entrar nadie más. Créeme, puedo quedarme en este lugar toda tu estancia y hacer de ella un infierno.
—Tus amenazas no me asustan —expresó saliendo de la cama, permaneciendo desnudo frente a ella—. Yo también puedo jugar.
—Ya y se supone que verte desnudo debe impresionarme —añadió descarada, lanzándole un vistazo de arriba abajo—, porque no lo haces. No me impresiona nada y veo que me decepcionas mientras más tiempo pasas frente a mí.
—¡Zorra! —murmuró entre dientes mientras se vestía. Finalmente se rindió y salieron juntos del dormitorio—. No sé cómo tu marido no siente hervir la sangre al pensar en nosotros dos solos, al fin y al cabo ya seduje a una de sus mujeres —susurró deslizando sus dedos por la nuca de Aidíth, pero ella se movió rápidamente, acorralándolo contra la pared. Colocó su antebrazo izquierdo bajo su garganta, mientras que la mano derecha la cerró con fuerza en la entrepierna—. Joder, Aidíth, para.
—Pues déjalo ya o vas a perder algo que precias.
Travis asintió con los ojos entrecerrados y lanzó un suspiro al dejar de sentir la presión. Una vez salieron del burdel se marcharon de la ciudad para adentrarse en un espeso bosque, sin abandonar en ningún momento el sendero.
—Sé cómo te sientes y entiendo tu enfado, pero deberías recordar que ya no estás en el bosque, Travis, que tu padre está muerto y las cosas ahora son diferentes —comenzó Aidíth con la esperanza de animarlo—. Conozco tu historia. Siempre te has sentido por debajo de Declan; te sentiste humillado cuando él te derrotó, cuando te arrebató por lo que tanto tiempo llevabas luchando, pero eso es el pasado. Sé que estás enfadado con Jay, que sientes que todo lo mal que haga él repercutiría en ti, pero ninguno pensamos eso. Estamos orgullosos de tu trabajo y de la manera en la que te comportas con Jay. ¡Eres un hermano mayor admirable!
—Déjalo cervatillo, no estoy de humor.
—Me da igual tu humor, me vas a escuchar. Relájate, ¿vale? No estás a prueba, nadie se fija en tus movimientos, nadie te juzga. Solo tú y lo haces severamente. Deja que Jay cometa sus propios errores, como los hicimos todos y no te hagas responsable de sus travesuras. ¡Deja que sea feliz! Y tú también, relájate. Eso no significa que tanto tú, como mi marido os llevéis una regañina por no hacer las vigilancias correctamente, pero nada más. Eres un buen hermano, buen hechicero, Sangre Espectral y profesor, aunque sigues comportándote como un idiota.
Travis sonrío y rodeó cariñosamente a Aidíth por los hombros durante unos segundos, para soltarla al cabo de unos segundos. Siguieron por el sendero, pero se detuvieron al ver un destello oscuro entre dos árboles y ambos desenfundaron sus armas. Aidíth la alabarda que llevaba a su espalda y Travis dos espadas gemelas.
A pesar de que la guerra había terminado, en ocasiones sufrían ataques de las bestias que viajaban a su tierra en busca de presa humanas y lo hacían gracias a la oscuridad, a la creación de vórtices.
La pareja caminó hacia donde habían visto el destello y no vieron una bestia, sino una persona que hizo temblar a Aidíth…era su hermano Eyphah, fallecido tiempo atrás.
—¡Lo disfrutaste! Lo sé, todas lo hacéis —dijo caminando hacia ellos. Volver a verlo había quedado sin palabras a la joven, completamente paralizada, que horrorizada sentía como todo su cuerpo temblaba—. Y he venido a castigarte. Te deshiciste del fruto que mi amigo engendró en ti, pero la naturaleza te ha castigado, hermana, y estás seca como la tierra más yerma del desierto —gruñó. Según iba hablando su voz se volvía más lúgubre, casi ni se le entendían sus palabras e iba deformándose. Su cuerpo se hinchaba cada vez más; la piel se partía como si fuera papel, dejando mostrar bajo esta un pelaje negruzco—. He venido desde muy lejos para acabar contigo, cerrar mis manos sobre tu garganta y verte soltar el último aliento.
Entonces hubo una explosión que lanzó a la pareja al suelo. De Eyphah ya no quedaba ni rastro y en su lugar se hallaba una bestia de pelaje negro. Travis corrió hacia ella con espadas en mano; dio un tajo a la altura de la yugular, que aunque perforó su piel no fuera necesario, momento en el que Travis se puso de rodillas al tiempo que tiraba sus armas. Sus manos concentraban esferas de energía que lanzó al estómago. Solo unos segundos la bestia cayó al suelo.
—Olvídalo, Aidíth, estas cosas se vuelven muy inteligentes y juegan con nuestros recuerdos. Era un espejismo, ¡lo has visto! —la consoló al posar sus manos sobre sus hombros—. Eyphah está muerto, el cazador lo hirió de muerte y yo hice sus últimos segundos de vida una tortura.
La joven asintió y tras respirar e inspirar en un par de ocasiones, logró calmarse. Entonces escucharon pasos y vieron que Jay corría hacia ellos.
—¡Es Dion! —exclamó asustado.


Dion, el hermano pequeño de Travis, Declan y Jay, jugaba en la zona boscosa, esperando que llegase la hora de la comida. Estaba en compañía de tres niños más de su misma edad, cuando una figura apartada llamó la atención del pequeño. Enseguida la reconoció; era Lloyd, su hermano mellizo, fallecido años atrás, pero estaba ahí, a apenas unos metros de él, con el aspecto que tenía cuando murió.
—¡Lloyd! —susurró el pequeño—. ¿Eres tú?
Los demás niños gritaron a Dion que retrocediera cuando vieron al pequeño brillar de un intenso azul; acabó deformado, con la piel arrugada y los ojos se le salieron de las cuencas. El pequeño se fue estirando cada vez más, como una cáscara a punto de romperse, hasta que lo hizo dando paso a un bestia de pelo negruzco, cabeza abultada y gran mandíbula. La bestia logró atrapar a Dion en el momento en el que Brianne, Declan, Hunter y Jay acudían debido a los gritos.
—¡Ve en busca de Aidíth y Travis! —ordenó Declan.
Jay asintió y echó a correr. En cambio los tres permanecieron alejados, mientras se preparaban. Hunter desenfundó su espada, mientras que Brianne cargó una flecha en su arco, que brilló intensamente, una luz que podía resultar mortal para Declan y Dion, pero también para la bestia que lo tenía preso. Mientras que Hunter desempuñó su espada.
La garra de la bestia hizo presión sobre la garganta del pequeño, provocándole una pequeña herida que comenzó a sangrar, arrancándole un estremecedor llanto al pequeño.
—Tranquilo, Dion —susurró Brianne—. Vamos a acabar con él. Solo cierra los ojos, todo acabará.
—Escucha a Bri, pequeño —le animó Hunter—. Enseguida estarás en sus brazos.
Pero Declan no pudo articular palabra al ver como un portal se abría a pocos centímetros de la bestia. Si se llevaba a su hermano, podrían perderlo para siempre, pero entonces llegaron Travis y Aidíth e hizo saber su plan.
—Lanza la flecha que yo me encargo de Dion —dijo mirando fijamente a Brianne, para después dirigirse a Aidíth—. Confió en tus artes curativas.
La escudera asintió y Brianne lanzó la flecha. Se estrelló a poca distancia de la bestia; provocó un enorme destello que le hizo soltar a Dion, momento en el que Declan lo tomó y se lanzó al suelo con él, quedándolo protegido bajo su cuerpo. La ola expansiva de la flecha se extendió por la zona y Travis tuvo que alejar a Jay para ponerlo a salvo, que estaba demasiado preocupado por su hermano pequeño, como para pensar en su bienestar.
Las quemaduras ya comenzaban a actuar; la bestia parecía una bola de fuego, a la que Hunter puso fin a  su vida al decapitarlo, mientras que Aidíth colocó sus manos sobre Declan para sanar sus quemaduras, uno de los últimos dones que la joven había descubierto durante su entrenamiento.
Solo unos segundos y Declan dejó de sentir dolor.
Mucho más tarde, tras dejar a Dion descansar una vez se calmó, todos permanecían en silencio en el comedor. Todos bebían, excepto Hunter, quien se había alejado de las bebidas alcohólicas tiempo atrás.
Los ataque como el vivido no eran casuales, sucedían a menudo, pero esas bestias estaban mutando, volviéndose fuerte y desarrollando nuevas habilidades y técnicas para engañarlos. Pero lo que todos más se lamentaban es que Dion hubiera sufrido en esta ocasión y que esa cosa hubiera utilizado el recuerdo de su hermano fallecido era demoledor.
—¡Cazador! —exclamó Travis, llamando la atención de Hunter. El joven estaba con Aidíth frente al fuego, ambos acurrucados en amplio sillón—. Ven un momento.
Hunter lanzó un amargo suspiro, pero accedió. Se reunió con Travis a poca distancia, donde le revelaba el ataque sucedido en el bosque. Entristecido miró a Aidíth lamentándose que hubiera vuelto a sufrir, pero como ya hiciera tiempo atrás, se prometió curar sus heridas. Y tras un agotador día, se fueron a descansar.
A la mañana siguiente, todos excepto Brianne, que permanecía junto a Dion. Se despedían de Hunter y Aidíth. El portal se había abierto en la nada, una puerta circular azul.
—Deberías ir —dijo Declan. Estaba junto a Travis, que confundido le miró—. Y llévate a Jay. Aléjalo de aquí por unos días. Si a nosotros nos ha afectado lo sucedido a Dion, imagínate cómo se siente él. Se lamenta por lo sucedido, ha pasado toda la noche pegado a él. Habíamos conseguido que se relajara y no estuviera todo el día pendiente de la seguridad de Dion y pasa esto, créeme, le hace falta irse de aquí.
Travis asintió y más tarde él y Jay se unían a Hunter y Aidíth en su viaje a pasar la festividad de la Navidad en un lugar llamado Tierra.

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