viernes, 25 de noviembre de 2016

Di ¡NO! A la violencia de género y a cualquier tipo de violencia

25 de noviembre, una fecha muy señalada en el calendario. Hoy es el día internacional contra la violencia de género. Hoy es un día en el que desgraciadamente echamos cuentas sobre las mujeres que han muerto a manos de sus parejas a lo largo del año. Algunas logran superar esa pesadilla, salir de los golpes que les son propinados, del miedo que les inculcan en sus mentes, de su coacción, de la falta de libertad. Muchas logran salir, otras, desgraciadamente, mueren. Hay que gritar un gran ¡NO!, a la violencia de género, a cualquier tipo violencia e inculcar en las nuevas generaciones nuevos valores que para un día no tengamos que lamentar este tipo de muertes.


En 2009 fui rostro de la campaña de Maltrato Zero, ocasión para la que escribí este relato: Soy un alma rota, el cual os dejo a continuación.

Soy un alma rota
©Lucía González Lavado


Un año atrás yo era una persona desdichada, sin un ápice de ganas de vivir. Ahora soy feliz, realmente feliz, pero una imagen en la estación de autobús ha removido recuerdos ya olvidados. No anuncian el próximo estreno de una película o el lanzamiento de un perfume, sino un mensaje que dice así:
De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo.
Me llamo Clara, tengo 19 años y ya he sufrido la violencia de género. De eso hace aproximadamente un año. Y mientras releo la frase, mis recuerdos afloran de nuevo.
Yo era una chica normal; estudiaba segundo de bachillerato. Aparentemente era como las demás. Iba a clase y tenía un novio que caía bien a todos: Ángel.
Él era cariñoso, simpático, pero se trasformaba en otra persona cuando estábamos a solas. Al principio califiqué sus exigencias como los típicos celos. Le molestaba que hablase con otros chicos, la ropa que utilizaba e, incluso, me reprochaba que diera sombras a mis párpados o color a mis mejillas.
—¿Te maquillas para gustar a otros? —me preguntaba—. ¿Te vistes con faldas cortas y ropas ceñidas para atraer a otros hombres? ¡Tú ya tienes un hombre! —me gritaba.
En un principio no le di importancia. A veces me gritaba y otras me hablaba de manera cariñosa logrando que accediera a sus exigencias. Sin darme cuenta me estaba alejando de mis amigos, mi mundo sólo lo formaba él; dejé de salir con mis amigas, vivía en una eterna burbuja en la que únicamente Ángel tenía cabida.
Pero un día mi mejor amigo, Carlos, me abrió los ojos. Yo no me había dado cuenta de mi comportamiento, de mi asilamiento…, aunque me excusaba en los estudios, en que tenía que conseguir buenas notas para estudiar la carrera que deseaba.
En un principio no escuché a mi amigo. No quería creer que hubiese cambiado tanto y me marché a casa. El recuerdo de aquella noche está grabado en mi mente. Mis padres aún no habían llegado de trabajar, cuando Ángel me hizo una inesperada visita. Sus amigos le habían dicho que estuve ligando con Carlos.
Yo me defendí. No había estado tonteado con él, únicamente hablamos. Pero no me creyó y me alzó la mano. Fue la primera bofetada que recibí y de seguidos vinieron las disculpas. Ángel me pidió perdón, se desmoronó e incluso lloró. Me dijo que yo era toda su vida, que me quería y la idea de perderme le volvía loco. Yo, tonta de mí, le perdoné. Durante los siguientes días se comportó de manera dulce e hice cuanto estuvo en mi mano por disimular el morado. Pero una herida estaba naciendo en mi interior que ni pinturas o palabras bonitas podrías curar: me sentía mal conmigo misma, sola, triste y esa sensación fue incrementándose.
La fachada del Ángel perfecto no duró mucho. Carlos vio mi mejilla hinchada. A él mi explicación le pareció absurda, ¿qué le dije? Lo típico: Que me había he golpeado con la puerta.
Por supuesto intuía la verdadera razón y fue en busca de Ángel. Mi mejor amigo y mi novio se enfrentaron. Varios profesores lograron separarlos y poco después me llamaron para aclarar el motivo de la pelea.
Carlos insistía en que Ángel me había pegado; el director me preguntó si eso era cierto y yo lo negué. Aún recuerdo la cara de decepción de mi amigo, pero tenía miedo. Mi novio había tejido su tela de araña a mí alrededor; ya era incapaz de imaginar mi mundo sin él. Por supuesto me arrepentí. Esa tarde fuimos a su casa y fue la segunda vez que me levantó la mano. Estaba realmente furioso por lo sucedido. Estuve días sin ir a clase. Había caído en un bucle de soledad, tristeza y desesperación. ¿Era yo la culpable de lo que ocurría? ¿Acaso me había ganado esos golpes? Ángel me insistía en que sí, que era de su propiedad, le pertenecía, nadie podía hablar conmigo. Sólo él debía recibir atenciones por mi parte y yo asentía a todo cuanto me pedía.
Por supuesto, seguí con las clases. Aún tenía esperanzas de acabar el curso, de seguir con mi vida, e incluso de que Ángel cambiara. Pero no fue así. Sus celos y su obsesión aumentaron. Los profesores habían empezado a preocuparse por mi estado demacrado, por mis notas: ¡Era una estudiante de sobresaliente y ahora apenas rozaba el suficiente!
Me prohibió ir a clase; para él todos eran enemigos que querían ponerme en su contra. Y entonces me armé de valor. Estaba harta de él, quería que nuestra relación se acabara. Sus palabras carecían de importancia para mí. En ocasiones me había dicho que nadie me querría, que sólo lo haría él. Mi autoestima estaba por los suelos. En aquel momento, deseé estar sola. No me importaba que ningún hombre me quisiera nunca más, ¡no quería volver a saber nada de ellos!
Pero de nuevo caí en sus redes, en sus amenazas y me hizo sentir más miedo que nunca. Durante unos segundos había rozado mi libertad, había vuelto a respirar y ahora todo volvía a desvanecerse.
Sin embargo, la llama de la esperanza aún luchaba por no dejarse extinguirse y cobró mucha más fuerza una noche. Carlos se presentó en mi casa preocupado porque no asistiera a clase. Él intuía lo que me ocurría y me obligó a salir de casa. Fuimos a una parada de bus y me obligó a leer el mensaje de un cartel:

De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo.
Entre un hombre y una mujer, maltrato cero.

—¡No estás sola! —me dijo—. Y te lo demostraré.
Me presentó a una joven de veinte años. Era su vecina, una joven estudiante de medicina. Y ella me contó su experiencia. Había vivido el mismo calvario que yo, se sentía de la misma manera y me dio fuerzas para salir de aquel infierno. Esa noche, tomado de la mano de Carlos, hablé con mi familia.
Ellos y mis amigos fueron mi gran apoyo. Se volcaron conmigo, me dieron fuerzas e hice lo que tuve que hacer un principio: denunciar a Ángel.
Retomé mis estudios, mi vida. Volví a salir con mis amigas, a la vida que tenía antes, incluso fui olvidando mis recelos: Carlos fue uno de mis principales apoyos. Me enseñó que no todos los hombres eran como mi ex novio.

Ahora, un año después, vuelvo a ser la joven feliz y llena de vida que era antes de que Ángel entrara en mi vida. He dejado de tener miedo, vuelvo a sonreír y tengo a mi lado a un hombre que me quiere y me respeta.
Porque los celos no son sinónimo de amor.
Porque las personas somos libres, no pertenecemos a nadie.
Porque entre un hombre y una mujer no debe existir el maltrato.
Finalmente mis pensamientos son interrumpidos con la llegada de mi autobús. Feliz subo a él y me dirijo a los últimos asientos, donde me espera Carlos. Me tiende la mano y no dudo en tomarla. Ahora somos más que amigos. Él me abrió los ojos, me hizo ver que no estaba sola, que hay personas que viven la misma situación que yo viví. Y que…
¡No estamos solas!

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